La dura soledad

Paulo Coelho – El Zahir:

* No hay nada peor que sentir que a nadie le importa el hecho de que existamos o no, que no les interesan nuestros comentarios sobre la vida, que el mundo puede seguir andando sin nuestra presencia incómoda.

* Es mejor tener hambre que estar solo. Porque cuando estás solo, y no hablo de la soledad que escogemos, sino de la que nos vemos obligados a aceptar, es como si ya no formases parte de la raza humana.

Cuando hablo de soledad estoy haciendo referencia a la soledad involuntaria. Aquella que no elegimos,  sino que por diversas circunstancias de la vida, a veces sin comprender muy bien cuáles, nos vemos forzados a enfrentarla, vivirla y sufrirla. El tema de la soledad es uno difícil para mí, puesto que he tenido que lidiar con ella y sus intermitencias durante varios años y es algo que me avergüenza. Me da pena admitir que estoy sola o que me siento sola aunque sé que todos a mi alrededor lo pueden notar. Para mí éste asunto se ha convertido en un tabú, algo que no admito y que trato de esconder o disimular por miedo a lo que los demás puedan decir u opinar.

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Es un sentimiento con el que de cierto modo he aprendido a convivir, me he acostumbrado tanto a ella que muchas veces olvido que existe dentro de mí, pero siempre está presente y usualmente me atormenta por las noches cuando me encuentro más vulnerable, ese momento en el que estoy a punto de dormir y a falta de las distracciones externas que inundan mis actividades diurnas me veo forzada a pensar en todo aquello que me gustaría evitar, es en las noches cuando llego siempre a la misma conclusión: “estoy sola”. Durante mis veinte años de vida no he logrado establecer ni una sola amistad duradera y sólida, dejando tras de mí una estela de relaciones superficiales cuya principal característica es la falta de compromiso mutuo, estoy rodeada de “conocidos” que son realmente desconocidos. Ésta es una realización dolorosa, que saca siempre unas cuantas lágrimas silenciosas, de las cuales es testigo mi almohada y las cuatro paredes de mi cuarto oscuro. Durante mucho tiempo he callado mis sentimientos y ésta soledad absoluta permanecía oculta en los rincones de mi alma, manifestándose siempre con una opresión en el pecho. Solo Dios sabe cuánto me he ahogado con las palabras calladas, pienso que tal vez, si escribo sobre ella me liberaré de un gran peso.

Mi mayor temor es envejecer sola. No quisiera tener que sobrellevar los achaques de la senilidad desde la profunda soledad, por el contrario quisiera transitar esos duros caminos de la edad avanzada agarrada de una mano protectora, una mano compresiva, una mano humana. No quiero que me pasen los años y verme convertida en una anciana como esas de las que he escuchado tanto, aquellas que mueren en la soledad de sus casas sin nadie a quien amar ni que las ame, mueren sin que nadie lo note, nadie que se percate de su ausencia, solo encontradas cuando el hedor de sus cuerpos se hace insoportable para los vecinos. Es una dura realidad que jamás desearía que fuera la mía.

Me sorprende como en la actualidad aún estando rodeados de tanta tecnología y con el auge de las redes sociales, que posibilitan la comunicación instantánea y facilitan las interacciones humanas, es cuando las personas se encuentran más solas que nunca. Ésta nueva forma de comunicación rápida, efectiva y sin complicaciones es la que hoy en día manda la parada, aumentan a una velocidad vertiginosa las interacciones mediadas por una pantalla o limitadas a un simple tecleo, mientras que se van extinguiendo al mismo paso las interacciones cara a cara o cuerpo a cuerpo. Es cierto que éstas nuevas tecnologías nos permiten comunicarnos con aquellos seres queridos, que por diversas razones, se encuentran lejos de nosotros, sin embargo, el problema reside en comenzar a preferir a aquellos que están lejos en detrimento de quienes están cerca. Me parece alarmante notar que aquellos inventos que en un principio fueron creados para acercarnos son ahora los mismos que nos están alejando.

Vivimos en la era del vacío. Somos una sociedad plagada de narcisistas y desertores sociales, seres regidos por el egoísmo y la superficialidad, personas obsesionadas en alcanzar metas banales y superfluas que no van más allá del interés propio. Las relaciones entre personas se parecen cada vez más a los intercambios entre objetos, se utilizan y luego se desechan cuando ya resultan inservibles, producto de la inmersión en el estilo de vida consumista que corrompió hasta la forma en que nos relacionamos. El hedonismo de nuestra sociedad hace que evitemos todo aquello que nos pueda dañar o causar dolor, es por eso que evitamos a toda costa involucrarnos y apegarnos demasiado a otras personas, porque somos consientes de que un cariño y un amor hacía alguien diferente a nosotros mismos  puede terminar en dolor y lágrimas. Debo admitir que yo estoy tan inmersa en ésta sociedad hedonista y narcisista como cualquier otro, con tristeza he percibido en mí muchos de los defectos que caracterizan a éste tipo de sociedad. Pero nunca es tarde para abrir los ojos y tratar de cambiar, mejorar aquellas cosas que no me gustan y barrer de mi interior cualquier suciedad.

Después de mucho culpar a los demás por mi soledad, una tarde, por una alegre coincidencia, me encontré en twitter con ésta frase: “la vida es como un eco, si no nos gusta lo que recibimos, debemos prestar atención a aquello que  emitimos”.  Así, comprendí que mi soledad era mi entera responsabilidad y que la única causante de ella era yo misma.  Llegue a la conclusión de que quizás mis actitudes no eran las mejores y que era yo quien me estaba encargando de alejar de mi vida a las personas. Por lo tanto, decidí emprender una misión de mejoramiento propio, no se trata de cambiar lo que soy, simplemente se trata de mejorarlo,  presentarle diariamente  al mundo la mejor versión de mí misma para que el mundo me dé a cambio muchas cosas positivas. También, con el tiempo he ido aprendiendo  que nadie  está completamente solo y que todos tenemos a alguien que nos quiere y nos ama. Eso me hizo apreciar a las personas que están en mi vida, que aunque son pocas, son verdaderamente valiosas y han permanecido siempre junto a mí, dándome su apoyo constante en momentos en los que otros me han abandonado. Ahora, cuando me empiezo a sentir sola, trato de recordar a aquellas personas y le agradezco a Dios por haberlas puesto en mi camino y mantenerlas ahí.

He decidido emprender una batalla contra la soledad y me he convencido de que la voy a ganar, ¡hoy decido que quiero ser feliz!

 balloons

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